Felipe III accedió al trono español en 1598 tras la muerte de su padre, Felipe II, heredando un vasto imperio en declive económico y militar. Su reinado (1598-1621) se caracterizó por una absoluta delegación de poder en su valido, el duque de Lerma, quien dominó la política durante dos décadas. Bajo esta influencia, España mantuvo guerras costosas como la de los Ochenta Años contra las Provincias Unidas y enfrentamientos con Inglaterra y Francia, aunque sin grandes victorias.
La medida más controvertida fue la expulsión de los moriscos en 1609-1614, ordenada por Felipe III y ejecutada por Lerma, que afectó a unos 300.000 habitantes de origen musulmán converso, causando un vacío económico en Valencia y otras regiones agrícolas clave. Internamente, el rey promovió una devota política católica, pero el despilfarro cortesano y la corrupción agravaron la crisis financiera heredada. En 1618, Lerma cayó en desgracia por intrigas familiares, siendo reemplazado por su hijo el duque de Uceda.
Hacia el final de su vida, Felipe III enfrentó tensiones con la nobleza y el inicio de la Guerra de los Treinta Años en 1618, que involucró a España en el conflicto europeo. Murió en 1621 en Madrid, dejando el trono a su hijo Felipe IV en un imperio debilitado, con deudas colosales y pérdida de hegemonía.