Comagene fue un pequeño reino del sureste de Anatolia, situado entre el Éufrates y los montes Tauro, con capital en Samosata. Controlaba los pasos del Éufrates, y por eso tuvo siempre una gran importancia estratégica para las potencias que se disputaban la región. Formó parte del Imperio seléucida hasta mediados del siglo II a.C., cuando su gobernador local, Ptolomeo, se independizó y fundó una dinastía propia que reinaría durante más de dos siglos.
Lo más llamativo de Comagene es su identidad mixta. Sus reyes se presentaban como descendientes de los aqueménidas persas por línea paterna y de los seléucidas, y a través de ellos de Alejandro Magno, por línea materna, gracias al matrimonio de Mitrídates I con una princesa seléucida. Su hijo, Antíoco I Theos, llevó esa idea al extremo en su santuario funerario del monte Nemrut. Allí hizo esculpir estatuas colosales de dioses que fusionaban divinidades griegas y persas, como Zeus-Oromasdes o Apolo-Mitra, junto a galerías de antepasados de ambas estirpes. Hoy es Patrimonio de la Humanidad y probablemente el monumento más claro del encuentro entre Grecia y Persia en toda la Antigüedad.
Con la expansión de Roma, el reino sobrevivió como estado cliente, en un difícil equilibrio entre el poder romano y el parto. Tiberio lo anexionó en el año 17 d.C., pero Calígula lo restauró para Antíoco IV Epífanes, que lo gobernó durante tres décadas como uno de los reyes más ricos y fieles aliados de Roma en Oriente. En el año 72, Vespasiano lo acusó de conspirar con los partos y anexionó definitivamente Comagene a la provincia de Siria.
Las monedas de Comagene reflejan bien esa historia. Sus leyendas en griego, los retratos reales de estilo helenístico y la titulatura de “Gran Rey” las vinculan con la tradición de los sucesores de Alejandro, mientras que símbolos como el ancla seléucida o el capricornio de Augusto muestran las lealtades de un reino que supo sobrevivir durante generaciones entre grandes imperios.